
SI HOY DEJARA DE VER
Este día es como muchos otros, con la rutina de siempre; cumplir con diferentes actividades, entre ellas los compromisos de trabajo, sin embargo, el día de hoy tiene cierta diferencia que me ha hecho meditar en lo que tengo como persona y como ser que habito este planeta.
En una de las paradas del transporte público y en el que me traslado, un hombre de mediana estatura, posiblemente de unos 35 a 40 años, me recordó a los lugareños del centro de la república, cabello negro y lacio, tez morena, pregunta si es la ruta que necesita y al confirmar esto sube a la unidad, permanece de pie en el escalón del transporte que está junto a la puerta ya que este va lleno. El que viajemos así es a veces común aunque no es lo correcto. El asiento posterior al del chofer se encuentra ocupado por personas como usted o como yo que a las 7 de la mañana deben incorporarse a sus trabajos o estudios
El día amanece despejado y con una temperatura agradable, el sol comienza a observarse en el horizonte y su luz hace que desviemos la mirada porque nos lastima su resplandor, a lo lejos “la torre de cristal” -ubicada en la Unidad Cívico Gubernamental edificio que alberga oficinas del Gobierno del estado- y que generalmente tomamos como referencia para ubicarnos en la ciudad.
El hombre que permanecía en el escalón por fin encontró un asiento libre, que una señorita le ofreció y pasó a ocuparlo. Después de unos 25 minutos pidió su parada y descendió de la unidad, con mucha seguridad y precisión.
Alguna vez con los ojos vendados, permití que una persona me guiara y me dijera por donde caminar, cuantos pasos avanzar y donde dar vuelta, eso me daba seguridad a medias. Sin embargo, si en este momento, tuviera que trasladarme unos cuantos pasos e incluso unas cuadras, con la visión obstruida, creo que desistiría en hacerlo o comenzaría a pedir ayuda, me sentiría desesperada y desorientada en tiempo y espacio, todo sería obscuridad y angustia creo, posiblemente no sería lo mismo si toda la vida hubiera sido así.
Cuando el hombre desciende del transporte, lo hace a unos dos metros de la orilla del río, inclina levemente la cabeza para escuchar el ruido de la calle y gira a su derecha para subir a la banqueta ya ahí, extiende una especie de vara metálica que le sirve para corroborar que no se interponga nada a su paso, a su izquierda la calle y a la derecha el “río”, -que por cierto no tiene ninguna protección cualquiera puede caer accidentalmente y aunque no lleva caudal, la altura de la calle al lecho son más de cinco metros-, el hombre se dirige a un puente peatonal que le llevará al otro lado del río. Creo que es feliz su cara lo refleja.
A veces no es necesario tener todas las capacidades para hacer las cosas y ser felices, basta con proponérnoslo para lograrlo, no importa que nuestros ojos no perciban la luz, esta se encuentra en nuestro interior y eso debe ser suficiente.
AIDÉ VILLARREAL GONZÁLEZ
Este día es como muchos otros, con la rutina de siempre; cumplir con diferentes actividades, entre ellas los compromisos de trabajo, sin embargo, el día de hoy tiene cierta diferencia que me ha hecho meditar en lo que tengo como persona y como ser que habito este planeta.
En una de las paradas del transporte público y en el que me traslado, un hombre de mediana estatura, posiblemente de unos 35 a 40 años, me recordó a los lugareños del centro de la república, cabello negro y lacio, tez morena, pregunta si es la ruta que necesita y al confirmar esto sube a la unidad, permanece de pie en el escalón del transporte que está junto a la puerta ya que este va lleno. El que viajemos así es a veces común aunque no es lo correcto. El asiento posterior al del chofer se encuentra ocupado por personas como usted o como yo que a las 7 de la mañana deben incorporarse a sus trabajos o estudios
El día amanece despejado y con una temperatura agradable, el sol comienza a observarse en el horizonte y su luz hace que desviemos la mirada porque nos lastima su resplandor, a lo lejos “la torre de cristal” -ubicada en la Unidad Cívico Gubernamental edificio que alberga oficinas del Gobierno del estado- y que generalmente tomamos como referencia para ubicarnos en la ciudad.
El hombre que permanecía en el escalón por fin encontró un asiento libre, que una señorita le ofreció y pasó a ocuparlo. Después de unos 25 minutos pidió su parada y descendió de la unidad, con mucha seguridad y precisión.
Alguna vez con los ojos vendados, permití que una persona me guiara y me dijera por donde caminar, cuantos pasos avanzar y donde dar vuelta, eso me daba seguridad a medias. Sin embargo, si en este momento, tuviera que trasladarme unos cuantos pasos e incluso unas cuadras, con la visión obstruida, creo que desistiría en hacerlo o comenzaría a pedir ayuda, me sentiría desesperada y desorientada en tiempo y espacio, todo sería obscuridad y angustia creo, posiblemente no sería lo mismo si toda la vida hubiera sido así.
Cuando el hombre desciende del transporte, lo hace a unos dos metros de la orilla del río, inclina levemente la cabeza para escuchar el ruido de la calle y gira a su derecha para subir a la banqueta ya ahí, extiende una especie de vara metálica que le sirve para corroborar que no se interponga nada a su paso, a su izquierda la calle y a la derecha el “río”, -que por cierto no tiene ninguna protección cualquiera puede caer accidentalmente y aunque no lleva caudal, la altura de la calle al lecho son más de cinco metros-, el hombre se dirige a un puente peatonal que le llevará al otro lado del río. Creo que es feliz su cara lo refleja.
A veces no es necesario tener todas las capacidades para hacer las cosas y ser felices, basta con proponérnoslo para lograrlo, no importa que nuestros ojos no perciban la luz, esta se encuentra en nuestro interior y eso debe ser suficiente.
AIDÉ VILLARREAL GONZÁLEZ
24 DE FEBRERO DE 2004
TRISTE MIRADA
Con la tristeza reflejada en los ojos, mira a cada persona que entra o sale del hospital, le pregunta si le ha visto, se desespera, regresa a la calle, vuelve de nuevo y toca la puerta.
Su nombre nunca lo sabré, pero puede ser uno tan común de los que conocemos, o uno sofisticado da lo mismo, debe tener un nombre.
Desde la sala de espera del hospital, le observo, viste camiseta beige con mangas negras; _hace frío, tirita un poco, _ piel obscura pero bien cuidada, e insiste en cruzar la puerta, la gente y el guardia le ven indiferente y no le permiten el paso. No le queda otra solución más que esperar una oportunidad o un descuido del guardia o el personal, para cruzar hacia el área que necesita visitar.
A veces la indiferencia de los adultos y en general de muchos de los seres humanos que contemplamos una escena similar nos parece algo natural, pues es un hospital y no todos tienen permitido pasar a áreas restringidas incluidos los familiares de los pacientes.
Pasadas más de dos horas, cuatro personas salen del hospital ¿Oportunidad? Pudiera ser, sin embargo, en lugar de querer introducirse a la sala, hace algo insólito, corre y brinca lleno de júbilo.
Una Señora de mediana edad, una joven y dos niños abandonan el hospital, delante de ellos los brincos y saltos continúan ellos le observan con cierta indiferencia, sin embargo, en él la tristeza ha desaparecido y solo queda felicidad.
Con la tristeza reflejada en los ojos, mira a cada persona que entra o sale del hospital, le pregunta si le ha visto, se desespera, regresa a la calle, vuelve de nuevo y toca la puerta.
Su nombre nunca lo sabré, pero puede ser uno tan común de los que conocemos, o uno sofisticado da lo mismo, debe tener un nombre.
Desde la sala de espera del hospital, le observo, viste camiseta beige con mangas negras; _hace frío, tirita un poco, _ piel obscura pero bien cuidada, e insiste en cruzar la puerta, la gente y el guardia le ven indiferente y no le permiten el paso. No le queda otra solución más que esperar una oportunidad o un descuido del guardia o el personal, para cruzar hacia el área que necesita visitar.
A veces la indiferencia de los adultos y en general de muchos de los seres humanos que contemplamos una escena similar nos parece algo natural, pues es un hospital y no todos tienen permitido pasar a áreas restringidas incluidos los familiares de los pacientes.
Pasadas más de dos horas, cuatro personas salen del hospital ¿Oportunidad? Pudiera ser, sin embargo, en lugar de querer introducirse a la sala, hace algo insólito, corre y brinca lleno de júbilo.
Una Señora de mediana edad, una joven y dos niños abandonan el hospital, delante de ellos los brincos y saltos continúan ellos le observan con cierta indiferencia, sin embargo, en él la tristeza ha desaparecido y solo queda felicidad.
¡La felicidad de un perro con dueño!
AIDÉ VILLARREAL GONZÁLEZ
DICIEMBRE DE 2006
AIDÉ VILLARREAL GONZÁLEZ
DICIEMBRE DE 2006
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